
TAJANI Y LOS ITALIANOS EN EL EXTERIOR: ENTRE EL ORGULLO NACIONAL Y LA SOSPECHA DE INAUTENTICIDAD- Una visión selectiva y estratificada de la italianidad
El aspecto más relevante del discurso no es la contradicción en sí, sino la estratificación de la italianidad que introduce. La ciudadanía italiana, históricamente basada en el principio del ius sanguinis, ha reconocido durante generaciones un vínculo jurídico independiente de la lengua, la condición económica o el grado de integración cultural. Sin embargo, las palabras del ministro parecen establecer una escala de legitimidad entre ciudadanos formalmente iguales.
Durante la Conferencia de los Cónsules de Italia en el Mundo, celebrada en Roma los días 12 y 13 de junio de 2026, el ministro de Asuntos Exteriores, Antonio Tajani, formuló un discurso sobre la emigración italiana que revela una profunda contradicción política e institucional.
Por un lado, reivindicó el papel histórico de millones de italianos que dejaron el país para construir su futuro en el extranjero. Tajani los describió como personas que «han dejado todo atrás, excepto el amor por la patria, sus valores y sus tradiciones», y recordó que son hombres y mujeres que «dejaron Italia para encontrar fortuna en el mundo».
Sin embargo, pocos minutos después, el ministro cuestionó a una parte de los descendientes de italianos en el exterior, señalando que muchos «van al consulado y no hablan italiano». También criticó a quienes buscan la ciudadanía italiana por las ventajas asociadas al pasaporte europeo, reduciendo su interés a razones de movilidad internacional o a la posibilidad de trasladarse a destinos como Miami.
La contradicción es evidente. Si la emigración italiana merece reconocimiento precisamente porque millones de personas abandonaron el país hace generaciones, resulta difícil ignorar que la pérdida parcial de la lengua o el alejamiento cultural son consecuencias naturales de ese mismo proceso migratorio.
Pero el aspecto más relevante del discurso no es la contradicción en sí, sino la estratificación de la italianidad que introduce. La ciudadanía italiana, históricamente basada en el principio del ius sanguinis, ha reconocido durante generaciones un vínculo jurídico independiente de la lengua, la condición económica o el grado de integración cultural. Sin embargo, las palabras del ministro parecen establecer una escala de legitimidad entre ciudadanos formalmente iguales.
Esa jerarquía se hace aún más evidente en el homenaje a Vincenzo Andronaco, empresario siciliano emigrado a Hamburgo a los 18 años, a quien Tajani definió como un «ejemplo de buenos italianos, italianos valiosos, expresión del genio italiano».
La elección de las palabras no es casual. Frente al italiano que llega al consulado sin hablar la lengua, aparece el italiano exitoso, empresario, económicamente integrado y capaz de generar riqueza. Uno es presentado como símbolo del país; el otro, como una ciudadanía cuya autenticidad parece estar permanentemente bajo sospecha.
Surgen así dos categorías implícitas de italianos en el exterior. Por un lado, los italianos “valiosos”: emprendedores, exitosos y útiles al sistema económico. Por otro, los descendientes de emigrantes cuyo vínculo con Italia se mide a través de criterios culturales o lingüísticos y no únicamente jurídicos.
Desde una perspectiva constitucional, esta distinción plantea un problema de fondo. Si todos los ciudadanos italianos son iguales ante la ley, ¿puede el Estado sugerir que algunos son más representativos de la nación que otros? ¿Puede existir una ciudadanía de primera categoría, asociada al éxito y a la integración económica, y otra de segunda categoría, vinculada a quienes ejercen exactamente los mismos derechos pero no responden al modelo ideal de italianidad?
Las palabras pronunciadas por Tajani parecen apuntar precisamente en esa dirección. Más que una reflexión sobre la ciudadanía, revelan una visión selectiva y estratificada de la italianidad, donde el reconocimiento simbólico no depende del vínculo jurídico con la República, sino del grado de utilidad económica, cultural o lingüística que cada ciudadano pueda demostrar.
Pablo Munini - Abogado